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El evangelio del bloque imaginario

  • Foto del escritor: Dra. Lorena Lázaro Ocampo
    Dra. Lorena Lázaro Ocampo
  • hace 2 días
  • 5 min de lectura

Abogada Lorena Lázaro Ocampo

Magister en DDHH y DICA, Procedimiento Penal Constitucional y Justicia Militar. Defensora de DDHH, columnista y analista política y militar.


En Colombia hay gente que no ha leído una sola sentencia de la Corte Constitucional, pero cita el bloque de constitucionalidad con la seguridad del que recita el Padrenuestro. Lo pronuncian con solemnidad, hacen una pausa dramática, levantan la ceja y creen que con esas tres palabras se acabó el debate. Para ellos, la JEP y el Acuerdo de Paz descendieron del monte Sinaí escritos en piedra por Moisés y cualquier intento de discutirlos constituye una herejía jurídica.


Lástima que exista un pequeño inconveniente: la Corte Constitucional nunca dijo semejante disparate.


Hay una extraña epidemia de pereza intelectual. Se volvió más fácil repetir consignas que abrir una sentencia; más rentable memorizar eslóganes que estudiar derecho constitucional. Así nació uno de los mitos jurídicos más exitosos de la política colombiana: que el Acuerdo de Paz y la JEP hacen parte del bloque de constitucionalidad y, por tanto, son eternos, inmodificables y prácticamente sagrados. Falso.


No lo dice esta columnista. Lo dice la propia Corte Constitucional en la Sentencia C-630 de 2017. Esa misma Corte que muchos invocan como si fuera un oráculo infalible... hasta que sus fallos contradicen el libreto.


La Corte fue categórica: el Acuerdo Final no hace parte del bloque de constitucionalidad. No fue elevado a la Constitución por arte de magia. No quedó blindado con cemento armado. No se convirtió en una especie de Arca de la Alianza jurídica que ningún colombiano pueda tocar.


¿Y por qué no?


Porque el bloque de constitucionalidad no es un motel donde entra cualquiera con solo pagar el peaje ideológico. Tiene requisitos precisos. Allí ingresan determinados tratados internacionales de derechos humanos y normas del Derecho Internacional Humanitario, no cualquier acuerdo político que un gobierno decida envolver en papel celofán constitucional.


Repitamos: Solo acuerdos entre Estados y/o Organizaciones Internacionales, no entran acuerdos mentirosos entre el Estado y un grupo guerrillero y narcoterrorista.


La Sentencia C-674 de 2017 termina de pinchar el segundo globo. La JEP tampoco hace parte del bloque de constitucionalidad. Ese engendro institucional, vendido durante años como una especie de divinidad jurídica, nació de una reforma constitucional interna. Tiene rango constitucional porque así lo decidió una reforma, no porque los dioses del derecho la hubieran bajado del Olimpo. Y todo jurista medianamente serio sabe que una institución creada mediante una reforma constitucional puede ser objeto de otra reforma, dentro de las reglas de la propia Constitución. La eternidad es un concepto religioso, no una categoría jurídica.


A este fraude institucional se suma el pecado original de su origen: el veredicto soberano del plebiscito donde ganó el NO. El máximo legislador, que es el pueblo colombiano, decidió en las urnas que ese acuerdo y sus derivados no se aprobaban. Sin embargo, mediante mañas procedimentales, el fast track y triquiñuelas de la politiquería, Roy Barreras y Santos, lo impusieron a las malas.


Como bien manda el derecho: las cosas se deshacen como se hacen. Si nos metieron a la fuerza un pacto rechazado en las urnas, así mismo se desmantela haciendo valer la primigenia y legítima decisión del pueblo colombiano. Por elemental lógica jurídica, todo lo derivado de esa imposición adolece de nulidad por flagrante violación al debido proceso, al mandato popular y al principio de que toda estructura viciada desde su génesis carece de validez permanente, la Teoría lo llama El fruto del Árbol envenenado, ¿La conocen?, ahí les dejo la tarea.


Bajo esa misma premisa de nulidad y fraude originario, caen los supuestos privilegios de los excongresistas de las FARC: al carecer de validez jurídica legítima este andamiaje, no poseen inmunidad política real y son simplemente beneficiarios de una gran mentira; hoy en día podemos meterlos presos sin quebrantar ningún pacto espurio. ¿Por qué creen que figuras como Timochenko andan buscando huida fuera del país? Saben perfectamente que el tinglado se les cae.


Despejado el sofisma jurídico, queda el fraude político. Porque una cosa es la propaganda con la que vendieron la JEP y otra muy distinta el monstruo burocrático que terminó naciendo.


Nos prometieron justicia y nos entregaron un sofisticado sistema de impunidad con presupuesto ilimitado. La JEP no nació para impartir justicia; nació para administrar la impunidad con lenguaje jurídico.


No es un tribunal de justicia: es una lavandería de responsabilidades donde unos salen limpios y otros salen marcados para siempre. Mientras los cabecillas negociaban cómo evitar la cárcel, miles de soldados descubrieron que el uniforme se había convertido en una presunción de culpabilidad.


En la JEP, la verdad parece tener tarifa: la suficiente para conservar beneficios, nunca la suficiente para perderlos. Las víctimas siguen esperando justicia; la burocracia ya recibió la suya. La JEP convirtió la justicia transicional en una industria. Y toda industria necesita mantener abierto el negocio.


No importa cuántas pruebas presente un militar. Cuando un tribunal parte de una narrativa y no de los hechos, el proceso deja de ser justicia y se convierte en un ritual de confirmación. Cuando la sentencia ya estaba escrita, el juicio era apenas un trámite.


El fuero militar fue debilitado y la JEP terminó la tarea: donde antes había jueces, ahora muchos ven un escenario para ajustar cuentas con uniforme ajeno. Y después aparecen los sumos sacerdotes del "blindaje". Abogados que hablan del Acuerdo de Paz como si hubiera sido escrito en tablas de piedra y entregado desde el monte Sinaí.

Confunden un acto legislativo con los Diez Mandamientos.


Creen que la Constitución existe para proteger la JEP, cuando la JEP existe porque la Constitución lo permitió. Y lo que la Constitución permite, la Constitución también puede cambiar. Repiten que la JEP es intocable. No es ciencia jurídica; es fanatismo con toga.


Ninguna institución creada por el hombre es eterna. Mucho menos una creada por políticos. La JEP no hace parte del bloque de constitucionalidad por obra y gracia del Espíritu Santo. Es una creación jurídica. Y las creaciones jurídicas nacen, se reforman y desaparecen.


Lo verdaderamente peligroso para un Estado de Derecho no es desmontar una mala institución; es convertirla en una religión. Porque la justicia deja de ser justicia cuando unos negocian sus crímenes y otros heredan su culpa. La ley no existe para blindar engendros. Existe para corregirlos.


¿Hasta cuándo seguiremos arrodillados ante el mito de la JEP intocable?Nos hicieron creer que desmontarla era imposible. Que era eterna. Que discutirla era casi un sacrilegio constitucional. Mentira. El verdadero blindaje de la JEP nunca estuvo en la Constitución. Estuvo en el miedo de unos políticos y en la pereza intelectual de demasiados opinadores. Durante años vendieron un candado de titanio. Cuando uno conoce la ley de verdad, descubre que era cartón pintado.


Convirtieron una institución como cualquier otra, en una especie de deidad jurídica. A fuerza de repetir el mismo discurso, lograron que muchos confundieran una decisión política con un mandato divino. No blindaron la JEP con derecho. La blindaron con propaganda. Y la propaganda tiene un defecto fatal: se derrumba el día que alguien decide leer y educarse en lugar de repetir.


Los mitos jurídicos se parecen a los castillos de naipes: parecen indestructibles... hasta que alguien se toma la molestia de soplar. Por eso la discusión ya no es si la JEP puede reformarse o desmontarse. La verdadera discusión es quién tendrá el valor de hacerlo.

Porque ningún engendro institucional es eterno. Lo eterno es el miedo de quienes viven de él.


Y ahora una pregunta para quienes llevan días, semanas o meses quemando neuronas buscando la forma de desmontar la JEP: Si el supuesto blindaje era apenas un mito... ¿qué van a hacer ahora que ya encontraron dónde estaba el primer ladrillo flojo?


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