La corrupción también dispara
- Dra. Lorena LƔzaro Ocampo
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Abogada Lorena LƔzaro Ocampo
Magister en DDHH y DICA, Procedimiento Penal Constitucional y Justicia Militar. Defensora de DDHH, columnista y analista polĆtica y militar.
En Colombia descubrimos que un helicóptero puede ser derribado sin que un solo guerrillero dispare un tiro. Basta un burócrata.
No hace falta un lanzacohetes, una emboscada o una carga explosiva; alcanza con un escritorio, un contrato mal administrado y una cadena de mando incapaz de impedir que la defensa nacional termine atrapada entre la improvisación y el abandono.
AsĆ fue como los Mi-17 dejaron de ser el puente entre la vida y la muerte para convertirse en monumentos de aluminio a la desidia estatal.
Mientras nuestros militares cargaban morrales de cuarenta kilos atravesando selvas donde el GPS mĆ”s confiable sigue siendo el sargento mĆ”s antiguo, en BogotĆ” algunos parecĆan convencidos de que la mejor estrategia militar consistĆa en dejar los helicópteros haciendo fotosĆntesis.
Porque hay plantas que florecen al sol; los Mi-17 del gobierno Petro florecieron fue en los informes de "próxima recuperación". Una especie endémica de la llamada paz total: helicópteros ecológicos, porque no contaminan... tampoco vuelan.
Y entonces apareció el contrato por 32 millones de dólares para el mantenimiento de esas aeronaves, con un anticipo cercano al cincuenta por ciento y una investigación que hoy tiene imputado al entonces viceministro Luis Edmundo SuĆ”rez Soto por presuntas irregularidades. Treinta y dos millones de dólares. Con esa cifra cualquiera imaginarĆa una flota lista para despegar hasta Marte. Pero no. El Ćŗnico viaje exitoso fue el de la confianza de los colombianos... que salió volando mucho antes que los helicópteros.
AquĆ nadie puede hacerse el turista. Gustavo Petro era el comandante supremo de las Fuerzas Militares. Ese cargo no es una medalla para posar en ceremonias ni un adorno constitucional. Si los Ć©xitos operacionales son mĆ©rito del Gobierno, los fracasos tambiĆ©n tienen dueƱo polĆtico. La cadena de mando existe precisamente para que las responsabilidades no desaparezcan cuando aparecen los escĆ”ndalos. Gobernar no consiste en aparecer para las fotografĆas cuando aterriza un Black Hawk y desaparecer cuando un Mi-17 lleva meses convertido en una costosa escultura de metal.
Y Pedro SĆ”nchez tampoco puede vender la idea de que el Ministerio de Defensa es una finca heredada donde el nuevo administrador solo pasa lista. Quien dirige la cartera mĆ”s importante para la seguridad nacional asume el deber de recuperar la capacidad operacional y responder polĆticamente por su gestión. Porque si el viceministro termina respondiendo ante la justicia y el ministro solo comparece ante los micrófonos, entonces el Ćŗnico aparato que funcionó con absoluta precisión durante estos aƱos fue el de las excusas oficiales.
Mientras tanto, nuestros soldados siguieron haciendo lo que mejor saben hacer: cumplir. Ellos no tienen derecho a decir que el proveedor incumplió, que el contrato se retrasó o que la culpa era del gobierno anterior. Ellos salen igual. Con lluvia, con calor, con minas, con francotiradores y, muchas veces, con menos apoyo del que la Nación tenĆa la obligación de garantizarles.
Y hay algo que las Fuerzas Militares y los colombianos de bien esperamos con la misma firmeza con la que exigimos seguridad: que este escĆ”ndalo no termine convertido en otro capĆtulo de la justicia de bolsillo, donde unos pocos aƱos de prisión se pagan con la tranquilidad de quien sabe que el botĆn quedó a salvo. La cĆ”rcel, por sĆ sola, no repara el daƱo cuando el dinero pĆŗblico desaparece y los responsables conservan fortunas construidas a costa de la seguridad nacional. Quien haya desviado recursos destinados a la defensa de Colombia no solo debe enfrentar una condena ejemplar si la justicia asĆ lo determina; debe devolver hasta el Ćŗltimo peso. Porque ningĆŗn corrupto deberĆa salir de prisión con menos libertad, pero con la misma riqueza. Si el crimen resulta rentable, la condena deja de ser castigo y se convierte en un simple costo de hacer negocios. Eso sĆ serĆa una derrota para el Estado y una bofetada para los soldados que arriesgan la vida mientras otros juegan con el presupuesto de la Nación.
Colombia merece algo distinto. Merece un Ministerio de Defensa que vuelva a hablar el idioma de la estrategia y no el dialecto de la improvisación. La llegada del general Jorge Mora representa la esperanza de devolver el conocimiento operacional al centro de las decisiones y el liderazgo de Abelardo De La Espriella plantea una promesa de respaldo decidido a la Fuerza PĆŗblica, recuperación de la capacidad operacional y una polĆtica de intolerancia frente a la corrupción.
Porque la patria no necesita helicópteros exhibidos como piezas de museo ni ministros expertos en excusas. Necesita aeronaves en el aire, soldados protegidos y que todo aquel que haya saqueado los recursos destinados a la defensa responda ante la justicia y restituya hasta el último peso.
Los Mi-17 volverÔn a despegar; lo que Colombia no puede permitir que vuelva a levantar vuelo es la corrupción.

